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1/2/11

LA PSIQUIATRIZACIÓN DE LA VIDA COTIDIANA

LA PSIQUIATRIZACIÓN DE LA VIDA COTIDIANA:
una visión medicalizada del sufrimiento humano
I. LA MEDICALIZACIÓN DE LA VIDA COTIDIANA
Los psiquiatras y psicólogos se han convertido en el remedio recurrente para cualquier problema. Hoy día podría ser válido este anuncio: “No importa si es usted una trabajadora harta de su jefe o un niño que se porta mal, si sufre por la pérdida de un ser querido en un accidente o por no hallar empleo: ponga un psiquiatra y/o psicólogo en su vida… y olvídese del problema.”

Todo malestar tiene su categoría diagnóstica y su correspondiente terapia... ¿o tal vez no?
Mediante esta psicologización general, muchos conflictos familiares, sociales o incluso laborales adquieren la falsa apariencia de problemas psíquicos, embrollos íntimos que un especialista, bien armado de terapias y pastillas, puede solucionar.
Cerca del 40% de los españoles recibe o ha recibido alguna clase de tratamiento psiquiátrico. ¿Un ejemplo de esta fiebre mundial pro-psiquiatría o pro-psicología?: en California, lo estadísticamente anormal es no haber consultado nunca con un psicoterapeuta. Parece claro que conviene pararse a analizar el fenómeno.
Una pequeña parte de esa población psiquiatrizada son los locos de siempre: esquizofrénicos y psicóticos, a los que la Reforma Psiquiátrica que acabó con los manicomios prometió integración social, y que hoy languidecen con sus familias. La mayoría padece defectos cognitivos-afectivos severos, que no alivian ni los psicofármacos ni los cacareados apoyos psicosociales. Sin lugar a dudas, son la mejor imagen de la impotencia de la cura psiquiátrica y de sus falsas promesas.
Pero ni esos locos, ni los tradicionales quejicas imaginarios, ni los simuladores a la caza de bajas y pensiones constituyen el grueso de los afectados por la epidemia psiquiátrica postmoderna, cuyos inicios cabe rastrear en un audaz pronóstico de la OMS: “en 2000 la medicina logrará que todas las personas alcancen tanto su total bienestar como el máximo desarrollo de sus potencialidades.”
Obviamente, la mayoría nos hallamos más bien lejos de tan beatífico estado. La gente sufre dolores del cuerpo y alma y acude al psiquiatra a ver si hay alguna píldora (algo han oído del Prozac) o algún consejo de esos “expertos en la vida” (los psicoterapeutas) que le alivie.
Por supuesto, esta abultada clientela que sigue las pistas de la felicidad por prescripción médica no ha aparecido por generación espontánea. Existe todo un aparato propagandístico que mitifica la eficacia de las terapias e impide a los pacientes percibir que los modernos antidepresivos no son mejores que los antiguos, sino solo más caros, y que las admoniciones de los profesionales de la salud mental son una pobre pantomima de los consejos de un amigo sensato.
Además, hoy día existe un concepto de la felicidad muy extendido y a la vez falso. Se entiende que la felicidad consiste en: no morir, no enfermar, no envejecer, ganar y no perder; tener trabajo, creatividad, amor, consentimiento por parte de nuestros hijos, holgura o incluso abundancia económica, éxito. Sentir placer y no displacer; obtener todo lo que nos gusta y que nunca suceda lo que no nos gusta; lograr siempre elogios y no desaprobación, gozar de poder, dinero, bienes materiales, pareja, hijos, conocimientos, todos como “objetos” para poseer y objetivos para lograr.
En la sala de espera psiquiátrica no solo hay crédulos autoreclutados. Si se pregunta a los pacientes cómo llegaron a la conclusión de que necesitaban terapia, la mayoría responde que han terminado allí tras escuchar una infinidad de: “lo suyo no es de aquí” como respuesta a sus solicitudes de ayuda.
Cuando los médicos generalistas, los asistentes sociales, los maestros e incluso los curas se enfrentan a demandas imposibles de satisfacer, a menudo “descubren” que la causa y la solución del dolor, la violencia familiar, el fracaso escolar o la confesión interminable no es médica, pedagógica o religiosa, sino que pertenece a una oscura región llamada psique.
Esta medicalización de la vida cotidiana hace que problemas como el sufrimiento que produce el trabajo —o sea, la venta del tiempo de vida y el sometimiento al capataz, pues así de pobre es a menudo el concepto de la propia profesión—, se transformen en una extravagante enfermedad llamada  mobbing .
Si antes se organizaban comités de empresa que apelaban a la solidaridad colectiva para resistir las ocho horas de tormento, ahora cada cual se agencia un psiquiatra que le proteja del “mal jefe” y le apañe, si las cosas se tuercen, unas bajas laborales. También el trabajo del hogar o las peleas por el poder familiar son dramas cotidianos que, una vez etiquetados como síndromes psiquiátricos (fatiga crónica, neurosis del ama de casa, distimia), pierden su realidad material y se convierten en conflictos internos.
El grueso de la nueva clientela de la sala de espera psiquiátrica está compuesto por personas que no sufren ningún malestar severo y acuden al psiquiatra en busca de consejo y orientación vital.
Son gentes que presumen de construir sus vidas en torno a las “elecciones racionales”, lo que viene a querer decir que en toda situación procuran sacar el máximo provecho e invertir el mínimo esfuerzo. Su vida, de la cama al trabajo, es un cuidadoso cálculo de inversiones: ¿estaré sacando bastante partido de mi relación con fulanita?, ¿no seré una mujer que da demasiado, una masoquista?
Sin un relato moral por el que guiarse, carentes de vínculos con algún grupo natural más allá de las alianzas coyunturales, flotan en un mundo de individuos y relaciones lábiles.
¿Por qué no recurrir a un técnico que nos asegure, alguien que nos cure como un médico, nos aconseje como un maestro del corazón y tenga oídos de alquiler para nuestras quejas?
Los sufrimientos reales se convierten en conflictos internos y la subjetividad pasa a ser el único territorio que cabe transformar. Es como si lo único que hiciera libres a los habitantes de las sociedades postmodernas fuera la elaboración de sus deseos privados. El ansia por descubrir y satisfacer estos anhelos inconscientes genera falsas necesidades de ayuda psicológica.
No hace mucho tiempo, un Psiquiatra con cierto renombre a escala nacional afirmaba —en mi opinión, de forma errónea— que la felicidad era el estado resultante de analizar la relación entre los objetivos deseados y los conseguidos en la propia vida.
II. EL PAPEL DE LA FARMAINDUSTRIA
En todo lo comentado hasta ahora tiene mucho que decir la industria farmacéutica. El consumo de antidepresivos aumenta en España, siguiendo una tendencia que parece no tener techo. En el 2000, según el boletín de Información Terapéutica del Sistema Nacional de Salud, se registraba que en una década la venta de antidepresivos se había multiplicado por tres, y la de ansiolíticos, por cuatro. Pues bien: el año pasado, el Instituto Catalán de Salud afirmó que en esa comunidad, y solo en un año, el consumo había crecido un 10%, cifra que puede extrapolarse al resto de las autonomías.
Un fármaco contra la depresión —Seroxat— es el tercero en la lista de los más vendidos. ¡Pero es que los dos primeros son antipsicóticos! Los tres medicamentos en los que la sanidad pública gasta más dinero son psicofármacos. “Hay muchas personas que no soportan las emociones normales de la vida”, “el estrés y la competitividad provocan muchos trastornos emocionales” y “la sociedad se está psiquiatrizando”… He aquí algunas de las explicaciones de los psiquiatras cuando se les pregunta por el aumento de consumo de psicofármacos.
Pero trabajar dieciséis horas al día 365 días al año, como ocurría hasta hace poco más de un siglo, debía generar bastante más tensión; o buscar alimentos y no encontrarlos siempre, como le ha sucedido a la mayoría de los humanos durante miles de años, y tener que emigrar para poder vivir, también parecen causas muy probables de estrés.
La vida ahora es más fácil de lo que ha sido nunca, más cómoda y placentera. ¿Por qué, entonces, hay problemas psiquiátricos?
El hecho es que cada vez más personas reciben tratamiento psicofarmacológico. Las razones son dos, que se suman y enredan: “Cada vez más gente pide que le den una pastilla que resuelva los problemas rápidamente; y los médicos no tienen tiempo para estudiar otras alternativas, así que recetan pastillas”. Es lo que afirma Manuel Desviat, jefe del servicio de Psiquiatría José Germain de Leganés.
“Cada vez más personas no quieren o no pueden soportar los problemas de la vida cotidiana, asunto que antes resolvían por sí mismos y que ahora se psiquiatriza. Y la medicina no está para resolver problemas sociales”, asegura Alfonso Chinchilla, Jefe de Psiquiatría del Hospital Ramón y Cajal de Madrid. “A veces se llama depresión a problemas de la vida cotidiana que se resolverían con cuatro palabras”, continúa Chinchilla. Pero es que esas palabras hay que intercambiarlas con un profesional, y el que receta los psicofármacos es, en muchos casos, el médico de cabecera. Profesional, sí, pero con poco tiempo y sin preparación en psicoterapia.
Aquí radica, en mi opinión, gran parte del problema. Considero que antes de acudir a un profesional de Salud Mental para solucionar conflictos cotidianos, habría que buscar en la propia familia alguien con quien poder intercambiar esas “cuatro palabras” que ayuden a superar el aprieto. Ahí se encuentra uno de los principales males: muchas familias “funcionan” de forma anómala y “disfuncional”; en vez de componer una Unidad, constituyen una simple aglomeración de individuos separados y aislados.
“No es igual extender una receta de antidepresivos que hablar con alguien que te va a contar lo que le angustia, cosas que también te pueden remover a ti; eso es mucho menos cómodo”, asegura Desviat. Y si a eso le unimos la evidente falta de tiempo, nos topamos con una de las explicaciones del aumento del consumo de psicofármacos.
Pero no es la única.
En su libro La depresión, entre mitos y rumores, el psiquiatra Francisco Calvillo narra el caso de una mujer que va a su médico porque siente una tristeza apabullante y, ante la única receta que se le ofrece —antidepresivos—, busca otra solución: alguien que la escuche y ayude a superar lo que no era más que un duelo por la muerte de su padre. Un duelo, eso sí, que la toma anterior de psicofármacos había ido retrasando peligrosamente.
“Está prohibido estar triste” afirma Calvillo; “está mal visto, así que la gente se droga con fármacos legales o lo hace con drogas ilegales.”
“Si te duele la cabeza un día por tensión nerviosa”, explica Desviat, “te tomas un analgésico y se te quita el dolor, pero no las razones por las que te duele, con lo cual es probable que aparezca de nuevo. Con la depresión ocurre igual; si estás deprimido y tomas un fármaco, te animas, pero lo que ha causado tu problema sigue ahí, sin resolver.”
Calvillo comparte la misma opinión al referirse a los nuevos antidepresivos, llamados inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina: “son los antidepresivos aptos para casi todos los públicos. Su influencia en la depresión de hoy es muy importante, y no solo porque modifican síntomas, sino por su capacidad para ocultar causas.”
Una noticia publicada el pasado mes de agosto puede aclararnos las cosas. “Los adolescentes obesos tienen mayor tendencia a la depresión”, decía el titular; y el artículo explicaba que las burlas de los compañeros por el aspecto estaban en el origen de ese trastorno. ¿Cuál sería, entonces, la solución más sana, racional, y duradera para estos casos: dar antidepresivos a los niños con exceso de peso, o tratar su obesidad y ayudarles a estar a gusto con su propio cuerpo?
III. DEFINICIÓN DE PSIQUIATRIZACIÓN DE LA VIDA: persona, libertad y amor, claves para solucionar este problema
En relación con la formación que debe tener el profesional en Salud Mental para evitar patologizar lo normal, tengo que dejar constancia de la enorme ayuda que han supuesto, para mi práctica cotidiana, los conocimientos adquiridos en este Master, y, concretamente, los relativos a la Antropología.
Insisto en que el psicoterapeuta debe disponer de una orientación que le permita evitar, dentro de lo posible, el fenómeno de la “psiquiatrización”. Es decir, ese proceso por el cual un individuo con un diagnóstico frecuentemente mal definido entra en el circuito de la psiquiatría para evaluación, tratamiento y control.
En algunos casos, este hecho lleva al paciente a un fraudulento y no siempre consciente “aprovecharse” de su dolencia, pues ve legitimada una menor implicación personal en sus decisiones y acciones. Por otro lado, aparte de las razones de índole social (marginalización de población), la psiquiatrización puede también explicarse como resultado de concepciones deterministas muy cuestionables y dogmáticas (es más: a veces, las teorías que se manejan forman parte de actitudes defensivas de los profesionales). Hay que señalar que las concepciones deterministas dogmáticas resultan completamente antinaturales desde el punto de vista de la experiencia moral cotidiana, en la que los hombres siempre manejan cierta noción de libertad de acción. La clave, tal vez, pase por educar correctamente a la persona en el uso de su libertad.
A. La persona
El concepto de persona está hoy día bastante alejado de su significado verdadero. En primer lugar, suele utilizarse sin darle la importancia que tiene, por el simple hecho de desconocer su origen etimológico.
Con solo recurrir a la etimología, se advierte que cuanto se refiere a la persona tiene que ver con algo elevado, especial, diferenciador, distinguible.
Un error frecuente en nuestro tiempo consiste en cosificar a la persona, considerándola intercambiable o comparable con otra persona. Nada más lejos de la realidad. Y es que la persona goza de una SINGULARIDAD abismalmente mayor que la de otras realidades. Por eso debe ser considerada como una realidad distinta e incomunicable.
Podríamos preguntarnos de dónde proviene tal “exceso” de singularidad personal. Y la respuesta, mal que les pese a algunos, es que deriva fundamentalmente de su DIGNIDAD, que nos remite a su vez a lo espiritual del ser humano, que va fusionado, pegado a lo material, penetrando por completo la corporeidad del hombre.
La persona, en virtud de su propio ser, es DIGNA. Y por esa dignidad se encuentra llamada —en pleno ejercicio de su libertad— a hacer el Bien; o, incluso mejor, a hacer lo bueno porque es bueno, sin más.
Por eso, aunque existen una serie de atributos o cualidades externas que nos permiten diferenciar a la persona de otras realidades, lo que realmente nos lleva a conocer y a reconocer a esa persona es, en fin de cuentas, lo que su espiritualidad le permite realizar. Es decir, sus obras más caracterizadoras: el conocimiento intelectual y las acciones libres (entre las que destaca el amor).
B. Singularidad versus igualdad
Por ello no es posible tratar a todas las personas por igual, y por eso es necesario que uno luche y ayude a los otros a combatir por diferenciarse del resto.
En esa actitud vital de distinguirse de “los otros” y reconocer y hacer que se reconozca nuestra propia singularidad, a veces será preciso enfrentarse a ciertos atentados que sufre la persona en su dignidad: la masificación, el concepto de que lo útil es lo valioso, y la relativización en la que hoy se vive inmerso.
Todas ellas, y muchas más, son formas, a veces muy sutiles, de minar la idea de singularidad e incomunicabilidad de la persona.
Consecuencia clara y clave:
Una de las maneras más eficaces de contrarrestar esos atentados contra la singularidad de la persona consiste en fomentar el TRATO INDIVIDUAL con cada una de ellas. Sin duda, es la mejor forma de reconocer la realidad que tenemos delante.
Es decir, considerar a cada sujeto como único e insustituible y merecedor de toda nuestra atención y empatía. Así, contemplando a la persona, a la realidad-persona, podremos contribuir de manera eficaz a su mejora y perfeccionamiento, y más aún a nuestro propio crecimiento personal.
El contacto con el otro, la com-unidad con el otro, es lo único que puede pulirnos como personas. Por el contrario, tratar a todos por igual constituye la mejor vía para despersonalizar e intentar obviar la singularidad.
Esto puede apreciarse fácilmente en los manicomios del siglo pasado, donde ciertas prácticas —uniformar a los enfermos, raparles la cabeza, identificarlos con un número…— llevaban a despersonalizarlos y a tratarlos como una simple unidad, cometiendo las grandes injusticias e incurriendo en las pésimas prácticas médicas que la literatura y el cine ha mostrado en numerosas ocasiones (p. ej.: Alguien voló sobre el nido del cuco). Así, por ejemplo, con total independencia de lo que les sucediera, a todos los pacientes se les aplicaba el electroshock.
Me permito aquí señalar, como un gran avance en la Salud Mental, la psicoterapia individualizada o personalista, que “obliga” al terapeuta a observar la maravillosa realidad individual (aunque sea enferma psíquicamente) que es la persona.
Para cualquier persona es fundamental tomar conciencia de que goza por sí misma de capacidad de pensar y entendimiento, ya que en ellas (reside y) se manifiesta lo que nos permite diferenciarnos del resto. Tan grave es no reconocer uno mismo que posee entendimiento como que, en función de no se sabe bien qué tipos de democracia, la opinión de la mayoría pueda bloquear e impedir que una sola persona use su entendimiento para llegar a un conocimiento de la realidad diferente al de los demás.
No debería medirse a todos los seres humanos con el mismo rasero y considerarlos simplemente un ejemplar más de la especie “hombre”. Sin embargo, muy a menudo se actúa de este modo. Por ejemplo, una buena parte de los anuncios publicitarios de TV se dirige a un determinado sector de población… con la finalidad de convertirlos en masa consumista. A la persona no puede comparársela con nadie, con ninguna otra. Nadie es sustituible, puesto que la impronta y el sello que cada uno deja en lo que hace son absolutamente SINGULARES.
Así, es fácil entender la singularidad de un embrión… aunque tenga la misma dotación genética que otro. Puede que fisiológicamente exista un paralelismo al 100%, pero la espiritualidad es individual y singular; y como aquella impregna y marca la corporalidad y todos y cada uno de sus actos, parece fácil intuir hasta qué punto es SINGULAR el embrión.
C. El amor
Esa singularidad resulta extraordinaria y atractiva y digna de observación. A causa de ella, una persona siente el prurito de conocer a otras, buscando un doble objetivo:
braga Negro y gorro Remolino Conjunto de Shenky 1. Procurar el bien del otro.
2. Descubrir su belleza.
Para que puedan cubrirse esas metas es fundamental que aparezca la figura del AMOR, entendido como querer el bien para el otro. Para descubrir la belleza del otro es preciso ponernos en juego sin temor alguno, puesto que el fin es sacar a la luz la belleza de la otra persona y procurar su bien.
En la psicoterapia bien ejercida esto depende radicalmente de la posición que adopta el psicoterapeuta. Así, en la medida que aquel se implique más, se ponga más en juego como persona, sea capaz de manifestar —dentro del contexto adecuado— su propia intimidad, será más fácil que se genere una correcta empatía bidireccional médico-paciente y que surja una búsqueda verdadera del bien para el otro.
Si una persona, usando su entendimiento, no es capaz de comprender y conocer la realidad metafísica del otro, es imposible comenzar el proceso del reconocimiento de la belleza del otro, de su singularidad y de la búsqueda de su bien.
No cabe duda de que nuestro entendimiento es imperfecto y puede llevarnos a caer en contradicciones a la hora de buscar el bien para el otro… y acabar, por ejemplo, persiguiendo nuestro propio beneficio.
Sin embargo, aunque sea imperfecta, lo que sí debería captar nuestra inteligencia es que la persona, cualquier persona, es SINGULAR y, por lo mismo, no comparable con ninguna otra. El comparar suele implicar sufrimiento. Al comparar lo que hace o no un hijo con lo que hace o deja de hacer otro, hacemos sufrir al que resulta en desventaja y no respetamos la singularidad de ninguno de los dos. Por desgracia, la imperfección de nuestro entendimiento nos lleva muchas más veces de lo deseable a ese gravísimo error, que, a la larga, constituye un caldo de cultivo de frustraciones, infelicidades, y en último extremo, de cuadros psicopatológicos.
No hay que entender la singularidad como falsa originalidad. De hecho ¿existe mayor causa de masificación y de impersonalidad que las nuevas tendencias culturales que hoy día vemos desde los medios de comunicación?
En la actualidad se imponen diversas formas de alienación. Una de ellas es el trabajo. Otra, la modernidad. Pues esa modernidad que se traduce por originalidad, a veces —no siempre— no es singularidad. Podría llamarse igualdad, pero no singularidad.
Cada persona debe entender, de sí misma y con respecto a los demás, que está llamada a obrar y a ser de determinada forma, concreta, singular e insustituible.
D. El matrimonio y la libertad
El Master que nos ocupa se centra en la Familia como núcleo y motor de todo lo propiamente humano. En la atención psicoterapéutica son numerosos los casos donde esa familia es el origen del síntoma que aparece en consulta.
La familia se forma a partir de la unión en matrimonio de un hombre y una mujer. El matrimonio, a tenor de lo comentado anteriormente, es la gran vía para el desarrollo personal. En el matrimonio es donde más evidente es la búsqueda de los dos objetivos antes apuntados:
1. Descubrir la belleza de la persona.
2. Procurar su bien.
Ahí surge la posibilidad de la entrega al otro, de darse a él/ella para buscar su felicidad y ennoblecernos nosotros al mismo tiempo. Para lograrlo, es fundamental el conocimiento de la pareja.
El conocimiento en sí debe tender hacia la verdad. También puede expresarse como pararse a pensar y, por ejemplo, buscar el sentido de lo que hacemos. De este modo ya estamos siendo SINGULARES.
Este ejercicio nos permite dar la opinión sobre algo desde el conocimiento de la realidad y huyendo del relativismo. Hoy día, en temas tan fundamentales para la sociedad como el matrimonio y el concepto de persona, se tiende a opinar de forma ligera, y muchas veces errónea; se crea entonces una gran confusión en las demás personas, quienes, precisamente por esa falta de capacidad para detenerse a reflexionar, suelen repetir lo que afirma la mayoría.
En ciertos temas, como los citados anteriormente, no vale la opinión de la mayoría, ni la presión social ni la convención social. Es fundamental conocer la realidad de las cosas para poder pronunciarse al respecto.
Temas tan importantes como el compromiso dentro del matrimonio y la diversidad hombre-mujer se trivializan y se “acercan” a la opinión e interés de una determinada mayoría —¡o minoría!— social.
En el matrimonio, entendido de forma adecuada, se dan las condiciones óptimas para alcanzar la felicidad personal y lograr el máximo desarrollo de la libertad individual. Curioso, puesto que el sentir mayoritario afirma exactamente lo opuesto.
Resulta ser la mejor manera de expresar mi libertad, puesto que la persona decide comprometerse “a ciegas” para toda la vida, llevando como único equipaje el AMOR al otro. Es decir, buscar el bien del otro en cuanto otro. Olvidarse de sí y contemplar la belleza del otro. Tensar el entendimiento al extremo de su funcionamiento para conocer la realidad metafísica de esa persona, y ser así capaz de percibir su singularidad.
En el matrimonio se tiene la obligación de mantener la individualidad y fomentar la del cónyuge por amor hacia él/ella. Esto se ve muy claro en el amor a los hijos, donde, a veces, para ayudar a crecer al otro como persona es preciso desaparecer, aunque uno sufra y haga sufrir… precisamente a quien más quiere.
El amor es lo que permite descubrir la singularidad del otro y nos hace capaces de dar a cada persona lo que le conviene o necesita, y no a todos lo mismo.
En el matrimonio, tratar a todos los hijos por igual es un gravísimo error. Es básico el trato desigual a los hijos, puesto que son desiguales. Solo así se llegará al perfeccionamiento progresivo del otro.
Sin libertad, es imposible el amor. Esto es patente en la consulta psiquiátrica, donde numerosas pacientes suelen chantajear a su pareja para conseguir su amor. Con frecuencia aparecen síntomas psiquiátricos (depresión, intentos de autolisis, ansiedad, etc.) como una forma de asegurarse el amor del otro por el miedo a estar SOLOS.
En el matrimonio, mi esposa no debe servir para cubrir mis carencias y falta de confianza en mí mismo. Debe ser el motor que me lleve a la perfección por amor hacia ella.
En un clima de egoísmo y egocentrismo ni arraiga ni crece el amor. Si en un matrimonio uno no logra desprenderse de sí, si no es capaz de dejar de autoobservarse (lahiper-reflexión de que habla la logoterapia), resulta imposible ponerse en posición de entender la belleza y singularidad del otro. Hay que pretender hacer crecer al otro en su singularidad.
Ese amor del que estoy hablando tiene un motor potente, que es el bien honesto, es decir aquel que es un bien en sí. La búsqueda de ese bien hace crecer a la persona en el AMOR. Sin lugar a dudas, estoy hablando de una realidad que, a veces, centrándonos en el matrimonio, llevará a la persona a sufrir, a sacrificarse, a reprimirse, etc. Es decir, a olvidarse de sí, de lo seguro para él, y ponerse en riesgo y en juego. Sin esas premisas, es difícil crecer como persona. En el hedonismo o en el pragmatismo no suele buscarse el verdadero amor.
En la medida que más amamos, nos vamos auto-capacitando para amar más y mejor. No debemos perder de vista que, igual que nuestro entendimiento es imperfecto, nuestra forma de amar también lo es. Pero eso no significa que no debamos introducir un gran amor en nuestra vida, pues, entre otros motivos de mayor peso, solo entonces nos resultará posible amar mejor.
Toda nuestra corporalidad debe estar al servicio de ese objetivo. Así, las expresiones de amor (besar, demostrar ternura, confianza, etc.) realimentan ese amor. Vistos con este prisma, los sentimientos aumentan la capacidad de amar que, en definitiva, es nuestra voluntad.
Ese amor engrandecido nos permitirá no centrarnos en el defecto de la persona (ya sabemos que es imperfecta), sino enfocar nuestro entendimiento hacia la belleza de la que también goza… para hacerla crecer en el amor. ¡Claro que en todo esto estoy poniendo en juego mi libertad, que es la que me permitirá decidir libremente entregarme a un gran amor y comprometerme en buscar su bien! Pero es que “los que prefieren la sensatez y huyen de la locura son incapaces de sentir el amor verdadero”.
Como puede entenderse, esta visión de la libertad obliga, como algo decisivo, a educarla para que conozca la singularidad individual y distinga entre lo bueno y lo malo. En este sentido, es muy positiva la presencia de modelos que sirvan para educar. Este trabajo, fundamental en los padres con sus hijos, se va sedimentando gracias a la interiorización que el niño hace del amor recíproco entre sus padres y él.
La persona que carece de estímulos externos no puede desarrollar sus potencialidades. Para lograrlo, requiere imperiosamente de otras personas. Así, la libertad necesita de otras personas para desarrollarse. Para descubrir que la responsabilidad inscrita en mi ser me obliga a dar de mí cuanto esté en mis manos, resulta imprescindible el contacto con otras personas.
La confusión en conceptos importantes como el amor, la singularidad de la persona, etc., puede llegar a tan alto nivel que se lean en la prensa, firmadas incluso por catedráticos de Teología Dogmática, aseveraciones como la siguiente:
“… la moral católica ha dicho siempre que lo central es el amor. Pero con tal que sea un amor abierto a la procreación. Con lo cual, lo que en realidad se está diciendo es que lo que nunca puede faltar es la posibilidad de procrear, por más que falte el amor, como de hecho ocurre en tantas familias, en las que se cumplen todos los requisitos de los códigos religiosos, pero las personas no se quieren y a duras penas se soportan. O sea, se antepone la posibilidad de procrear al amor, por muy fuerte que este sea.”
Me temo que el error que se desprende en ese párrafo es un tanto intencionado. El amor es el camino fundamental para el desarrollo de la persona, en cuanto que busca el bien para el otro desprendiéndose de sí misma. Solo desde esa premisa tiene razón de ser la procreación. Todo lo demás es deformar con plena conciencia la realidad del amor.
No hay que olvidar que la dignidad es el valor eminente de las personas, muy relacionado con su ser singular e irrepetible. No hay precio para la dignidad de la persona, ya que esta es no-intercambiable e insustituible. El amor es la mejor opción para el desarrollo de la persona, que en definitiva es principio y término de amor. Ese amor se da libremente de una persona a otra, es gratuito. La persona debe dejar y permitir y hacer sencillo que le amen: debe ser AMABLE. Solo se mejora como persona cuando incrementamos la categoría e intensidad de nuestro amor.
Donde mejor se plasma lo comentado es en la familia: en ella, la gratuidad en las relaciones debe promover el inicio del cambio humanizador de la sociedad.
IV. DEFINICIÓN DEL PROBLEMA
En los últimos años, los servicios de salud mental públicos están asistiendo a un incesante y variado incremento de demandas por parte de la población, que no se corresponden con los trastornos o enfermedades clásicos y que tienen una respuesta técnica sanitaria muy dudosa.
Son demandas que muchas veces tienen que ver con sentimientos de malestar estrechamente relacionados con los avatares de la vida cotidiana: sentimientos desagradables (tristeza, angustia, rabia, frustración, impotencia, soledad, odio, agresividad…), que aparecen en el contexto de un acontecimiento o situación vital estresante, como respuesta emocional adaptativa, legítima y proporcionada… y, por tanto, no patológica. Otras veces, las demandas están desencadenadas por sufrimientos, rechazos, o temores del entorno inmediato al paciente, ya que, en el campo de la salud mental, la necesidad no siempre se halla determinada por el sufrimiento de la persona.
Se ha calculado que un 24,4% de los sujetos que acuden a un centro de salud mental no presentan ningún trastorno mental diagnosticable según criterios de la CIE-10.
El sufrimiento y el dolor son inherentes a la condición humana. Hace algunas décadas, este tipo de reacciones de malestar eran asumidas con normalidad y, en todo caso, compartidas y amortiguadas en la red social de apoyo. En la actualidad, tales sentimientos no se experimentan ya como naturales y adaptativos, sino que vienen recodificados como patológicos o, cuando menos, se consideran suprimibles por un profesional. Este fenómeno se incluye en el proceso descrito como “medicalización de la sociedad”, mediante el cual cada vez más aspectos y elementos de la vida de los ciudadanos se entienden y tratan como un problema sanitario.
No aprendemos a aceptar el sufrimiento como parte inevitable del enfrentarse consciente con la realidad, y llegamos a interpretar cada dolor como un indicador de la necesidad de la intervención de la ciencia aplicada. Desde siempre, la cultura ha hecho tolerable el sufrimiento al integrarlo dentro de un sistema de significados, y ha afrontado así el dolor, la anormalidad y la muerte. Sin embargo, la nueva civilización médica aparta el dolor de todo contexto subjetivo o intersubjetivo, con el fin de neutralizarlo mediante una solución técnica, por lo que propicia el consumo de servicios sanitarios a través de las revisiones periódicas, los chequeos y la medicalización de muchas etapas de la vida (nacimiento, embarazo, menopausia, envejecimiento, muerte...). De esta suerte, grandes cantidades de personas se han vuelto pacientes sin estar enfermas.
Lo anterior se pone de manifiesto con mayor claridad en el campo de lo que hemos denominado malestar, donde el proceso de medicalización obedece todavía menos al avance del conocimiento científico sobre la naturaleza de supuestas enfermedades recientemente descubiertas que a la necesidad pragmática de una estructura conceptual que legitime las acciones de los psiquiatras o psicólogos en una sociedad que los inviste como capacitados para llevarlas a cabo.
La cuestión de los límites entre lo normal y lo patológico aparece, por tanto, desde los orígenes de lo que hoy entendemos por psiquiatría, en una doble lógica. En primer lugar, con el propio proceso de legitimación social de la especialidad (ya los primeros alienistas trataban de hacerse valer como los únicos poseedores del saber que podía determinar la cordura o normalidad de los reos). Y en segundo término, con el discurso científico que justificaba determinadas prácticas sociales o asistenciales, que o bien correspondían a otra lógica o eran previas, pero que en cualquier caso hacen de la frontera entre lo normal y lo patológico una cuestión histórica e ideológica.
El análisis del proceso de medicalización del malestar y de la conformación actual de la demanda en los servicios de salud mental arranca en el periodo posterior a la segunda guerra mundial, no porque anteriormente no se hubiera planteado este tema (piénsese en el psicoanálisis o en los movimientos de higiene mental), sino porque en esta precisa época se desarrollan los otros elementos imprescindibles para que pueda hablarse de un problema en relación con la demanda: la culminación de los llamados estados sociales o de bienestar y los sistemas públicos de asistencia médica en los países occidentales, en sus distintas versiones y grados de implantación.
Para una mayor claridad en la exposición, y aun a riesgo de simplificar los hechos, cabría distinguir dos etapas ideológicas:
1. La primera coincide con la expansión del estado de bienestar, y en ella se lleva a término la captura del malestar por una mirada psiquiátrica más social y utópica.
2. La segunda arranca con la regresión neoliberal, en la que este malestar ya capturado resulta simultáneamente medicalizado y mercantilizado.
En un mundo de consumo y cultura del éxito, múltiples medios de comunicación y postmodernidad globalizada, los valores y creencias ya no tienen coherencia ni, menos aún, continuidad. La elección individual reina de forma indiscutible, y la duda, la ansiedad y la inseguridad son el peaje que debe pagarse a cambio de esa sensación de disponer de múltiples opciones. Con esta hegemonía de la libre elección del individuo, y al amparo de la sociedad de consumo, surgen patologías mentales que son fruto de esa supuesta (y más bien impuesta) libertad. Entre otros, los trastornos de la alimentación, las adicciones con o sin sustancia... Pero también aparecen demandas que son el corolario de esa “libertad”, de esa individualización forzada que genera una tremenda inseguridad y malestar en el sujeto.
Se impone así la necesidad de expertos (guías en el ámbito psicológico-psiquiátrico) que apoyen al individuo onmi-deseante, lo aconsejen… y curen sus sentimientos de duda y fracaso en los dominios familiares, sociales y laborales: en el conjunto de su trayectoria vital.
En este estado de insatisfacción permanente, la psicoterapia y los psicofármacos se presentan como el bote salvavidas. Especialmente si lo que se propone es superar las inhibiciones, satisfacer los requerimientos emocionales y obtener la gratificación inmediata del impulso… dejando para otros los valores morales que lleven consigo subordinar las necesidades o los intereses a los de los demás o a algo distinto del propio anhelo. Todo queda dentro del individuo, ya sea a través del conflicto psicológico, ya por medio de los neurotransmisores.
Los profesionales de la salud mental, principalmente a través de sus órganos corporativos, también participan del mercado sanitario, divulgando un discurso científico que certifica su papel de expertos y que hace la psiquiatría y la psicología una realidad omnipresente en la vida de las personas.
Las categorías de los trastornos mentales han aumentado en los últimos años en número (de 106 en el DSM-I de 1952 a 357 en el DSM-IV de 1994) y en prevalencia (ha habido en estos últimos tiempos auténticas “epidemias” de depresión, fobia social, trastorno por déficit de atención, trastorno por estrés postraumático...), lo que legitima un mayor protagonismo de los profesionales del ramo. Muy en concreto, el cambio producido en la concepción de la enfermedad mental se ha visto reflejado en las clasificaciones nosográficas.
La psiquiatrización de la vida cotidiana está favoreciendo un proceso de aculturización, en el que el dolor y el sufrimiento son descontextualizados de la biografía del individuo, del entorno social en el que se desenvuelven, y recodificados como problemas a los que corresponde una respuesta técnica sanitaria. Respuesta por otro lado de dudosa eficacia. El malestar pierde todo significado y se normaliza en virtud de un diagnóstico y un tratamiento. Se enmarcan dentro de lo psicológico y de lo íntimo asuntos de orden ético y de ámbito público, con lo que se logra transformar al individuo en un espectador pasivo y enfermo ante los avatares de… ¡su propia vida!
¿Consecuencias? En cierto modo, se resta valor o incluso se elimina la capacidad de afrontamiento y se fomenta la necesidad de que las conductas y emociones de los ciudadanos pasen a ser gestionadas por unos expertos, que son los profesionales de la salud mental. ¿Más consecuencias? La falta de salud mental se convierte en coartada individualizada frente a situaciones sociales injustas, haciendo que se debiliten la redes tradicionales de contención o llenando el vacío que dejan otras instituciones sociales o agencias del estado en proceso de derribo: cuidadores de ancianos sin ayudas familiares, prejubilados en busca de pensión, víctimas de relaciones labores injustas, que el propio sindicato deriva a los técnicos de lo “psi”… conforman un paisaje de malestar que contagia el otro lado de la mesa.
Y no es todo. La divulgación mediática de lo psicológico y lo psiquiátrico en forma de un conocimiento presuntuoso, sugerente y superficial, ya sea por intereses profesionales corporativos, ya como elemento de marketing de las multinacionales farmacéuticas, populariza la salud mental… y la desvirtúa como conocimiento y tecnología.
Como el SNS carece de recursos ilimitados, una de las secuelas que acompañan al tratamiento de este tipo de malestares es la saturación de la oferta asistencial, con el consiguiente peligro de recortar las prestaciones al resto de pacientes. Los más perjudicados en este caso serían los pacientes más graves, que sufrirían la ley de cuidados inversos: aquella por la que se proporciona más atención a quien más la demanda y no a quién más la necesita.
De hecho, se ha comprobado y descrito la tendencia de los profesionales a tratar a los pacientes que mejor funcionan, porque resultan mucho más gratificantes que los más graves. Pero así se desvían los recursos asistenciales hacia los primeros. Además, el incremento de las consultas relativas al malestar en los servicios sanitarios genera un aumento del gasto en medicamentos de dudosa eficacia en estos problemas… ¡y de formidables precios! Con lo que los fabulosos ingresos de la industria farmacéutica amenazan la viabilidad de los Sistemas Nacionales de Salud.
IV. TRASTORNOS SUB-UMBRALES EN PSIQUIATRÍA.
La introducción de los actuales sistemas de clasificación de los trastornos mentales, como la CIE-10 y el DSM-IV, que se basan en unos criterios diagnósticos que dividen los trastornos en distintas categorías mediante puntos de corte, ha conducido a un nuevo problema: los llamados “trastornos subumbrales”.
Se trata de un conjunto de síntomas que crean malestar e incapacidad, pero no cumplen todos los criterios necesarios para etiquetarlos con un diagnóstico. Entonces, ¿qué son realmente? ¿Problemas clínicos reales, estados independientes a los trastornos mentales, formas menores de los trastornos mayores o artefactos metodológicos creados ante la imposibilidad de definiciones válidas?
La aceptación de este concepto en Psiquiatría es un tema controvertido, puesto que pone de manifiesto las limitaciones de los sistemas de clasificación categoriales de los trastornos mentales y abre interrogantes sobre la historia natural de estos “trastornos”: si precisan o no tratamiento, de qué tipo de intervenciones se trataría, las consecuencias que comportan para la salud pública y las política sanitarias.
Golberg revisa la conceptualización de los trastornos mentales comunes con los dos puntos de vista, el categorial y el dimensional, considerando simples caminos alternativos de observación de los mismos datos, sin que uno sea el correcto y el otro erróneo.
de Shenky Negro braga y gorro Remolino Conjunto 1. Visión platónica o categorial: se basa en la adquisición de información de manera indirecta a través de la observación de síntomas en el paciente, de tal forma que cuanto mayor sea el número de síntomas recogidos aumenta la probabilidad de etiquetar un trastorno. La enfermedad sigue unos cauces afines al concepto de embarazo: la padeces o no.
2. Visión aristotélica o dimensional: se fundamenta en la convicción de Aristóteles de que la verdad reside en la evidencia de nuestros sentidos. Los seguidores de esta escuela prefieren los modelos dimensionales para justificar la covariación entre grupos de síntomas simultáneos; simplemente quieren conocer los determinantes de cada conjunto de síntomas, con el fin de entender su solapamiento. Para ellos, existe un mismo trastorno básico, que se presenta con distintos niveles de gravedad.
Los clínicos estamos siendo obligados a utilizar los conceptos categoriales de las clasificaciones actuales, que son los que deciden si el paciente está suficientemente enfermo para justificar el tratamiento. Sin embargo, para entender la relación existente entre las variables sociales y biológicas, el modelo dimensional es más apropiado.
Los trastornos subumbrales se sitúan en el límite entre el estado de enfermedad y el de salud, y, al aparecer como categoría, precisa la definición de dos límites, el que los separa de la salud y que los separa del trastorno. Este es un terreno ambiguo y controvertido. Si adoptamos la actual definición de salud dada por la OMS (bienestar físico, psíquico y social)… ¡todos estaríamos enfermos gran parte de nuestra vida! Luego la primera tarea no consistiría solo en dilucidar los límites que definan la enfermedad, sino también en esclarecer el umbral de aquellos estados de ánimo “malos” o “desagradables” de la vida cotidiana, pero que, al fin y al cabo, no dejan de ser normales.
Parece evidente que parte del problema es metodológico. ¿Por qué? Porque la base de los sistemas actuales de clasificación se basan en la presencia de síntomas descritos en un glosario de términos técnicos que valoran al síntoma simple, sin una visión globalizada del conjunto de síntomas, y con total independencia de su contexto. Y esto no parece adecuado. En nuestra opinión, los umbrales no deberían definirse únicamente por el número de síntomas, sino también por la expresión y gravedad de los mismos y por factores psicológicos y sociales.
Algunos estudios sugieren que la prevalencia de los trastornos subumbrales es de 2 a 4 veces mayor que los trastornos mentales específicos, y que se acompañan de una comorbilidad considerable y de la incapacidad del sujeto (con un coste social significativo). Sostienen, además, que tales trastornos gozan de un notable potencial para desarrollar trastornos más graves, y por ello recomiendan su abordaje terapéutico, tanto desde el punto de vista sintomático como preventivo.
Por otro lado, la práctica psiquiátrica ha cambiado, extendiendo la atención del especialista a individuos con sufrimientos de diversa índole, lo que ha generado una mejor aceptación de la enfermedad mental en la población general. Aunque pueda también tener sus efectos positivos, este hecho comporta un notable riesgo de psiquiatrización de malestar, con consecuencias tan negativas como una asunción no justificada del rol de enfermo mental, con la consiguiente disminución de la capacidad de afrontamiento, la sobrecarga del sistema médico, la desviación de los recursos sanitarios para pacientes graves, el aumento de los costes...
La pregunta es, entonces: ¿debemos o no tratar los trastornos subumbrales? O más bien ¿cuáles de entre ellos? Abordando de este modo el problema, habría que estudiar con hondura el riesgo de que dichos trastornos evolucionen a trastornos mentales mayores. Analizar cuestiones tales como si estos síntomas no serán realmente pródromos de enfermedades más severas, si son predictivos de recaída de trastornos mentales ya diagnosticados o si se pueden utilizar para estrategias precoces de intervención.
V. LA INTOLERANCIA AL SUFRIMIENTO
Vivimos en la era de la levedad. Todo liviano, sin calorías. También el ser humano. Da la impresión de estar asistiendo al final de una civilización. Al releer el libro de Indro Montanelli Historia de Roma, se ve claramente que nos encontramos en una situación parecida. Postmodernismo para unos, era psicológica para otros, postindustrial para unos terceros.
En el mundo de las ideas, y en su reflejo en el comportamiento, se ha producido un cambio sensible. ¿Cómo podría describirse? Sus dos notas más peculiares son el hedonismo y la permisividad. Ambos están enhebrados por el materialismo, que pone sitúa primer móvil de la conducta el dinero, el placer, el bienestar, el nivel de vida, el éxito... con lo que las aspiraciones más profundas del hombre van siendo gradualmente materiales, deslizándose hacia una decadencia moral con precedentes muy remotos: el imperio Romano y los siglos XVII-XVIII.
El hedonismo impone como ley máxima de comportamiento, por encima de cualquier otra y cueste lo que cueste, el placer. Estamos ante un nuevo dios. Ir alcanzando cada vez cotas mas altas de bienestar, vivir hoy y ahora pasándolo bien, perseguir el placer con avidez y refinamiento, sin ningún otro tipo de ocupaciones o preocupaciones.
La ética hedonista tiene un código: la permisividad. Entre ella y el placer se establecen relaciones muy estrechas. Estos son los dos nuevos pilares que vertebran la existencia de bastantes de nuestros contemporáneos. Su mayor aspiración es divertirse por encima de todo. Evadirse de sí mismos y sumergirse en un calidoscopio de sensaciones cada vez más sofisticadas y narcisistas. La vida se resuelve (¡se disuelve!) en goce ilimitado.
Porque una cosa es disfrutar de la vida y saborearla en las múltiples vertientes que presenta, lo cual es síntoma de salud mental. Y otra muy distinta eliminar cualquier objetivo último que no sea el frenético afán de diversión y placer sin restricciones. Lo primero es psicológicamente sano y sacia una de las dimensiones de nuestra naturaleza. Lo segundo, por el contrario, apunta a la muerte de los ideales.
Del hedonismo surge un vector que pide paso con fuerza: el consumismo. Todo puede escogerse a placer. Disposición permanente para el deleite, en donde comprar, gastar, adquirir y tener… se viven como una nueva experiencia de libertad. El ideal de consumo de la sociedad capitalista ostenta como horizonte exclusivo la multiplicación o la continua sustitución de objetos por otros cada vez mejores… o simplemente más sofisticados.
El consumismo hunde sus raíces más vigorosas en una publicidad masiva y en el continuo bombardeo de una oferta que crea falsas necesidades. Objetos cada vez más refinados, que, sin apenas advertirlo, nos sitúan en la pendiente del deseo impulsivo de comprar. Quien comienza a recorrer esa vía se torna cada vez más débil.
La otra nota central de esta pseudo ideología es, como dije, la permisividad. ¡Por fin hemos llegado a una etapa clave de la historia! Sin prohibiciones ni territorios vedados, no existen restricciones: todo vale, cualquier andadura es interesante, con tal de que quieras recorrerla. Hay que atreverse a todo. Llegar cada vez más lejos. Se impone el sistema del ¿por qué no? Revolución sin finalidad y sin programa. Sin vencedores ni vencidos (o, mejor: todos presuntos vencedores… pero realmente vencidos).
¿Qué es lo que todavía puede sorprender, revolucionar o escandalizar? Ha nacido una nueva raza de humanos: indiferentes, permisivos, descomprometidos, sin valores, centrados en sí mismos. Todo va quedando envuelto en un paulatino escepticismo y en un individualismo atroz.
Este derrumbamiento axiológico produce vidas vacías, pero sin grandes dramas, ni vértigos angustiosos, ni tragedias… ¡Aquí no pasa nada!, parecen decirnos los que navegan por estos rumbos. Es la metafísica de la nada, por muerte de los ideales y superabundancia de todo.
Ya es posible observar muchas vidas casi vacías, sin sentido. Existencias sin aspiraciones ni denuncias, abocadas sin remedio a una especie de ¿qué mas da? Todo es relativo. El amor concupiscente ha sustituido al verdadero amor de benevolencia.
El relativismo es hijo natural de la permisividad. Es como un mecanismo de defensa, de aquellos que Freud estudió y diseñó de forma casi geométrica. De esta manera, todos los juicios quedan suspendidos y flotan inconsistentes. El relativismo es el nuevo código ético. Todo depende; cualquier análisis puede ser positivo y/o negativo. No hay nada absoluto. Nada es bueno ni malo. Tolerancia interminable, que conduce a una indiferencia pura. Alguno llega a afirmar que todos los valores son iguales, no hay unos superiores a otros. Con lo que surge un nuevo y más radical absoluto: que todo es relativo.
Porque los efectos de cuanto acabo de esbozar están ahí, patentes para quien quiera abrir los ojos: desde la epidemia mundial de drogas y rupturas conyugales, a la trivialización del sexo, pasando por tantos egoísmos compartidos o una televisión de cotilleo penoso. ¡Malo, cualquier pronóstico para un hombre así: hedonista, permisivo, consumista y centrado en el relativismo!
Un ser humano rebajado a nivel de objeto. Manipulado. Traído y llevado. Tiranizado por estímulos deslumbrantes… que no acaban de llenarlo, de hacerlo feliz. Su paisaje interior está transitado por una mezcla de frialdad impasible, de neutralidad sin compromiso, de curiosidad y tolerancia ilimitada. Son personajes sin mensaje interior: intrascendentes, livianos, superficiales. La frivolidad a la carta.
Y es que el mero progreso material no colma las aspiraciones más profundas del hombre. Por eso lo vemos hoy, sin él saberlo, hambriento de verdad y amor auténticos. El progresismo actual ataca y destruye directamente la dignidad de la persona. Crea un vacío moral que solo puede ser superado con humanismo y trascendencia. Hay que cruzar la vida elevando la dignidad del hombre. No perdiendo de vista que no hay auténtico progreso si no se desarrolla en clave moral.
Málaga, 12 de diciembre de 2006
José Carlos Rodríguez

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